Ni una más

Jaume d’Urgell , secretario general de la
Fundación Internacional de Derechos Humanos

Jaume d'UrgellPretendía empezar esta columna con un breve tratado sobre la dignidad humana, una apelación al pensamiento crítico o, tal vez, aportando otro punto de vista sobre la manifestación neonazi que tuvo lugar el sábado pasado en el corazón de Madrid. Es preciso hallar el punto medio entre el comportamiento gregario y la total ausencia de empatía, esto es, hablar de lo que todo el mundo habla o complementar el debate público atreviéndonos a intentar otorgar relevancia a temas que, por ahora, no son tendencia. ¡Qué difícil es, cuando todo baja, no bajar también!, que diría Machado.

Habría sido una bonita forma de empezar, pero no, hoy solo puedo escribir sobre el asesinato de otra mujer: una mujer de 52 años, de A Coruña. Me niego a recrearme en detalles anecdóticos, morbosos o privados; me niego también a numerarla, aunque esa cifra, de este año, la hubiera perseguido toda la vida, sin saberlo. La estadística importa para tener un conocimiento cierto de la magnitud del feminicidio, pero el aspecto más reseñable de cada víctima no es su número individual. No reduciré su vida a un número porque hacerlo sería tan injusto como centrar el protagonismo en su asesino o prestar cámara y micrófono a la vecindad de la escalera. Una sola mujer asesinada ya sería completamente inaceptable.

Mónica era panadera y tenía una niña y un niño. Con más de medio siglo de proyectos, sacrificio y experiencias, afrontaba la vida como la mayoría de mujeres de Clase Trabajadora en 2021: con grandes dosis de esperanza con las que hacer frente a la incertidumbre, con momentos de alegría e ilusión y momentos en los que es preciso recordar las cosas buenas para poder seguir adelante; con su estilo, sus amistades, recuerdos e ilusiones.

Una mujer como tú, como mi madre, como su hermana, como tu hija, como tu vecina o aquella compañera de clase, tan cercana por ella misma y por el orden alfabético. Lloraba, sonreía, usaba las redes sociales, le interesaba la actualidad, tenía sus propias ideas y puntos de vista, votaba (o no), escuchaba música, veía series, compraba en el barrio y alguna vez vía Internet, había visto la penúltima en el cine, se sentía cómoda con la ropa que le gustaba y todavía se le iluminaba el rostro con cualquier cosa de su hija e hijo.

Como a docenas y docenas de mujeres todos los años en España —miles en el mundo entero, un mal día la encontró su hijo al regresar del trabajo. Impacto inenarrable y luego: todo y nada. Llanto sordo, vacío, trámites aún en shock, sobreexposición, tanatorio, minutos de silencio, declaraciones copiadas y pegadas… noticia, no-noticia y hasta la próxima.

¿Hasta la próxima? ¿Qué acaba de suceder? ¿Qué rayos nos está pasando? Justo estos días, el Parlamento Europeo acaba de aprobar una resolución en la que eleva los delitos de violencia machista a la categoría de “eurodelito”, equiparándolos en la práctica con determinadas formas de terrorismo y comprometiendo a todos los Estados Miembro a cooperar activamente en la lucha contra contra el machismo, en la protección de la mujer. En esa votación, Vox votó en contra y el Partido Popular se abstuvo. Esta misma semana.

Desde el Gobierno de España se está poniendo todo el empeño en la lucha contra la violencia contra la mujer, se le otorga la máxima relevancia en la estructura del Estado y se hace todo lo que se puede con el presupuesto del que se dispone y el buen hacer de los medios humanos con los que se cuenta, uniendo fuerzas entre ambos socios de Gobierno, si bien en este momento y materia, la responsabilidad gubernativa la encabezan mujeres de PODEMOS. Se hace todo lo que se puede, contando también con todas las personas de la Función Pública, todo lo que se puede… si bien, amargamente, no se llega a tiempo en todos los casos.

No hay soluciones mágicas para afrontar el cataclismo social como el feminicidio, no las hay por su complejidad y extensión, por la intensidad de la inercia de los condicionantes históricos y culturales de ámbito universal, pero sí existen algunos elementos que no debemos descuidar:

Es preciso tomar conciencia y comprometernos, todas, todes, todos, en la necesidad de acabar con el fenómeno de la violencia contra la mujer, a toda escala, en todo ámbito, momento y lugar. Eso implica comprender que no existe ningún micromachismo leve o aceptable, implica entender que la base del respeto se fundamenta en la genuina asimilación de la igualdad de la mujer en todas las facetas de la vida.

Más medios: menos palabras y más presupuesto, el máximo énfasis en la protección de toda mujer que lo necesite, pero sin descuidar la decidida inversión en educación, formación continua, sensibilización y condena activa de toda forma de misoginia en todos los aspectos de la vida.

Entraña, particularmente, afrontar un profundo y constante ejercicio de autocrítica entre los hombres, sin evasivas: no matan los demás, matamos nosotros. Antes de matar con las manos y cuchillos, matamos de palabra, matamos económica y laboralmente, matamos por omisión y exclusión, matamos ocupando, matamos con formas y lenguaje duro como este. Decimos: “yo no mato, matan otros”, pero ese “otros” forma parte de un nosotros que, si lo pensamos bien, nos incluye a todos, porque aún excluyendo la autoría, existen diferentes grados de complicidad: la burla degradante, la negación, la justificación, la omisión, la banalización, el corporativismo de género, la competitividad discriminatoria, el interés exclusivamente electoralista (pro y contra), la creación y propagación de los bulos, los prejuicios (conscientes e inconscientes)…

Yendo a lo concreto, es preciso implicar al 100% de la sociedad en la toma de conciencia y el compromiso en la lucha contra la violencia machista, por la igualdad: protección, Justicia, Educación, conciencia, voluntad política, presupuesto y medios. Por Sheila, la hija de Mónica. ■

(Publicado originalmente en: DIARIO16)